Al ingresar a la pequeña escuela “Pirineos” de San Cristóbal, a estudiar primer grado, hace 55 años, cuando sus compañeros comenzaron a contemplarlo detenidamente y a preguntarle: ¿por qué no tiene brazos?, Melitón Rodríguez sintió que era diferentemente, aunque hasta esos días -y hasta hoy- nunca le hicieron falta sus extremidades superiores.Haber nacido sin brazos, para Melitón Rodríguez no representó ninguna diferencia con el resto de sus siete hermanos. Lo que en su familia manipulaban con las necesarias manos, él aprendió instintivamente a hacerlo con los pies y boca. A los pocos meses de vida aprendió a tomar el tetero con sus extremidades inferiores; se colocaba las pequeñas medias con los pies, sus primeros juguetes los sostuvo con la parte del cuerpo intacta, y también comenzó a comer con pies y boca, es por ello que él no se consideraba diferente a sus hermanos, pese a no haber sentido nunca los brazos.Más tarde, pero aún infante, con la ayuda de su hermano, Pablo Antonio Andrade, aprendió a sentir en la palma de sus pies los primeros lápices; siempre siendo como todos los demás, nunca inferior, allá en el poblado de Santa Ana del Táchira.En la escuela aprendió a escribir con los pies y luego se perfeccionó con los labios. Al principio sobraban las miradas curiosas, después fue tratado como lo hacían en su casa: como uno más, que hacía todo con sus pies; aunque para poder escribir bien le confeccionaron un cajoncito especial para apoyar sus eficientes miembros inferiores, que para él representaban casi la vida.No hubo nostalgiaFaltándole ya un año para cumplir la sexta década de vida y siempre acompañado de su esposa, Gloria Botello de Rodríguez, Melitón Rodríguez recuerda que desde pequeño cultivó la habilitad de dibujar, pese a no tener brazos. Teniendo nueve años, ya dibujaba a Simón Bolívar, y al observarle habilidades para los trazos, una docente le regaló un obsequio que él aún atesora en sus recuerdos: una caja de Prismacolor, instrumentos manipulados a la perfección con sus pies y boca, a tal punto que se convirtió en la escuela en el hacedor de las carteleras para días especiales, las cuales armaba a puerta cerrada para no llamar la atención de sus compañeros, por su particular forma de trabajar las artes manuales.Habla de su niñez Melitón sin ningún dejo de tristeza. En su tono no hay nostalgia y menos recriminaciones.Melitón Rodríguez es buen conversador y al hacerlo, en su casa asentada en la vereda 22, casa 19 de barrio Sucre, de la capital tachirense, en la comodidad de sus muebles, gesticula y señala con los pies descalzos, como si lo hiciera con las manos. “Es que mis pies son mis manos”.Como otros miles de jóvenes en el país, Melitón abandonó el bachillerato para buscar mejores rumbos. El, de nacimiento discapacitado, partió a Caracas con sus ilusiones y nunca sintiéndose una persona especial o menos que otra. “Simplemente, unos nacemos diferentes”, ha sido su lema.Encuentro con su arteEn la capital de la República, a la par de buscar trabajo -no siendo fácil para alguien que no podía utilizar sus manos hallar un buen empleo-, se cruzó con el capitán José Dolores Gutiérrez, médico asimilado, quien lo ayudó a obtener una beca para seguir estudiando. Sólo alcanzó el cuarto año de bachillerato.En 1963 leyó un aviso en El Universal de la “Sociedad Internacional de Pintores de Boca y Pie”, en la cual encajaba él perfectamente. Reunió requisitos y envió su documentación a Suiza, donde queda la sede de la institución. Como ya dibujaba, le fue fácil ingresar a la asociación, se dedicó a mejorar el dibujo y a incursionar en la pintura, ya en forma más profesional, por lo cual ingresó en la escuela “Cristóbal Rojas”. Recibió en 1967 el título de Pintor de Arte Puro”, inclinándose por el paisajismo.Ingresar a la Sociedad de pintores discapacitados tenía sus exigencias. La beca enviada mensualmente era a cambio de cuadros que exhiben y venden en diversos países europeos. Melitón, ya casado con Gloria Botello, abandonó el arte y trabajó en el Ministerio de Relaciones Interiores, en el Cuerpo Técnico de Policía Judicial, en el servicio de espionaje, siempre como cualquier otro, sin tener consideraciones por la falta de sus miembros superiores. Siempre con el orgullo de vivir igual y hasta más de quienes nacen sin ningún problema de salud. En 1971 retornó a su estado natal. Se enroló en la campaña de AD y más tarde ingresó a trabajar en la Gobernación del Táchira, como vigilante de seguridad, allí laboró 19 años. En 1988 fue jubilado por quebrantos de salud.Labor didácticaLos vecinos de la parte alta de la ciudad recuerdan al joven que sin brazos jugaba fútbol con gran habilidad y nunca dejaron de admirar a quien bailaba el trompo sosteniéndolo con los pies, con más habilidad que cualquiera que lo hiciera con las manos. Ya era común ver a Melitón trotar por las principales avenidas y observar a un hombre que sin brazos conducía un vehículo, claro, con una adaptación especial.Con los hijos adultos, siete nietos y con abundante tiempo libre a partir de 1991, Melitón Rodríguez retomó el contacto con la “Sociedad Internacional de Pintores de Boca y Pie”.En la parte posterior de su vivienda instaló el taller. En el lugar, rodeado de caballetes, lienzos y acuarelas, dedica seis horas diarias para cumplir con los pedidos que desde Europa le hacen.El tiene con la Sociedad de pintores de ayuda a los discapacitados el compromiso de enviarles un cuadro mensual, aunque no sigue este método, sino cada año y medio embala 15 ó 18 de sus pinturas. Por su trabajo recibe a cambio una mensualidad.Desde el año 91 ha enviado unos 160 cuadros. Esos siguen siendo de él, la organización sólo los reproduce para almanaques y tarjetas. Cuando por su cuenta vende un cuadro hace firmar al comprador un acta donde consta que la obra no se puede reproducir; los derechos son de la sociedad internacional.No se ha quedado Melitón, y con él su esposa, sólo con sus experiencias. Cuando saben de alguna persona en la región que por accidente se ha quedado discapacitada, acuden a hablarle y a interesarlos a incentivar un arte y si es el de la pintura, lo ayudan a ingresar a la sociedad que tanto los ha incentivado. También ha puesto en práctica sus aprendizajes de la plástica en una escuela para niños que hace tiempo fundó, aunque hoy en día ya no la dirige.Quién más que Melitón para dar enseñanzas de pintura y, sobre todo, de autoestima.Quizás el pintor más universal tachirense -o quien más ha expuesto sus obras en Europa- es Melitón Rodríguez. A los 59 años, es uno de los cuatro tachirenses que forman parte de la “Asociación Internacional de Pintores de Boca y Pie”, con sede en Suiza.El representa un número vital en las cifras de las Organización Mundial de la Salud, que estima en 500 millones de personas en el mundo, es decir el 10 por ciento de la población, con algún tipo de discapacidad.Melitón, discapacitado desde su nacimiento, nunca supo lo que es tener y usar los brazos, y es un ejemplo de que las barreras, incluso físicas, se pueden vencer.No le hicieron falta sus miembros superiores para aprender. No le hicieron falta sus brazos, para trabajar y dibujar. No le hicieron falta sus brazos para enamorarse y tener hijos. No le han hecho falta los brazos a Melitón para vivir. (Fuente: Diario La Nación. Autora: Omaira Labrador.)sábado, 26 de abril de 2008
Pinceladas de optimismo y vida
Al ingresar a la pequeña escuela “Pirineos” de San Cristóbal, a estudiar primer grado, hace 55 años, cuando sus compañeros comenzaron a contemplarlo detenidamente y a preguntarle: ¿por qué no tiene brazos?, Melitón Rodríguez sintió que era diferentemente, aunque hasta esos días -y hasta hoy- nunca le hicieron falta sus extremidades superiores.Haber nacido sin brazos, para Melitón Rodríguez no representó ninguna diferencia con el resto de sus siete hermanos. Lo que en su familia manipulaban con las necesarias manos, él aprendió instintivamente a hacerlo con los pies y boca. A los pocos meses de vida aprendió a tomar el tetero con sus extremidades inferiores; se colocaba las pequeñas medias con los pies, sus primeros juguetes los sostuvo con la parte del cuerpo intacta, y también comenzó a comer con pies y boca, es por ello que él no se consideraba diferente a sus hermanos, pese a no haber sentido nunca los brazos.Más tarde, pero aún infante, con la ayuda de su hermano, Pablo Antonio Andrade, aprendió a sentir en la palma de sus pies los primeros lápices; siempre siendo como todos los demás, nunca inferior, allá en el poblado de Santa Ana del Táchira.En la escuela aprendió a escribir con los pies y luego se perfeccionó con los labios. Al principio sobraban las miradas curiosas, después fue tratado como lo hacían en su casa: como uno más, que hacía todo con sus pies; aunque para poder escribir bien le confeccionaron un cajoncito especial para apoyar sus eficientes miembros inferiores, que para él representaban casi la vida.No hubo nostalgiaFaltándole ya un año para cumplir la sexta década de vida y siempre acompañado de su esposa, Gloria Botello de Rodríguez, Melitón Rodríguez recuerda que desde pequeño cultivó la habilitad de dibujar, pese a no tener brazos. Teniendo nueve años, ya dibujaba a Simón Bolívar, y al observarle habilidades para los trazos, una docente le regaló un obsequio que él aún atesora en sus recuerdos: una caja de Prismacolor, instrumentos manipulados a la perfección con sus pies y boca, a tal punto que se convirtió en la escuela en el hacedor de las carteleras para días especiales, las cuales armaba a puerta cerrada para no llamar la atención de sus compañeros, por su particular forma de trabajar las artes manuales.Habla de su niñez Melitón sin ningún dejo de tristeza. En su tono no hay nostalgia y menos recriminaciones.Melitón Rodríguez es buen conversador y al hacerlo, en su casa asentada en la vereda 22, casa 19 de barrio Sucre, de la capital tachirense, en la comodidad de sus muebles, gesticula y señala con los pies descalzos, como si lo hiciera con las manos. “Es que mis pies son mis manos”.Como otros miles de jóvenes en el país, Melitón abandonó el bachillerato para buscar mejores rumbos. El, de nacimiento discapacitado, partió a Caracas con sus ilusiones y nunca sintiéndose una persona especial o menos que otra. “Simplemente, unos nacemos diferentes”, ha sido su lema.Encuentro con su arteEn la capital de la República, a la par de buscar trabajo -no siendo fácil para alguien que no podía utilizar sus manos hallar un buen empleo-, se cruzó con el capitán José Dolores Gutiérrez, médico asimilado, quien lo ayudó a obtener una beca para seguir estudiando. Sólo alcanzó el cuarto año de bachillerato.En 1963 leyó un aviso en El Universal de la “Sociedad Internacional de Pintores de Boca y Pie”, en la cual encajaba él perfectamente. Reunió requisitos y envió su documentación a Suiza, donde queda la sede de la institución. Como ya dibujaba, le fue fácil ingresar a la asociación, se dedicó a mejorar el dibujo y a incursionar en la pintura, ya en forma más profesional, por lo cual ingresó en la escuela “Cristóbal Rojas”. Recibió en 1967 el título de Pintor de Arte Puro”, inclinándose por el paisajismo.Ingresar a la Sociedad de pintores discapacitados tenía sus exigencias. La beca enviada mensualmente era a cambio de cuadros que exhiben y venden en diversos países europeos. Melitón, ya casado con Gloria Botello, abandonó el arte y trabajó en el Ministerio de Relaciones Interiores, en el Cuerpo Técnico de Policía Judicial, en el servicio de espionaje, siempre como cualquier otro, sin tener consideraciones por la falta de sus miembros superiores. Siempre con el orgullo de vivir igual y hasta más de quienes nacen sin ningún problema de salud. En 1971 retornó a su estado natal. Se enroló en la campaña de AD y más tarde ingresó a trabajar en la Gobernación del Táchira, como vigilante de seguridad, allí laboró 19 años. En 1988 fue jubilado por quebrantos de salud.Labor didácticaLos vecinos de la parte alta de la ciudad recuerdan al joven que sin brazos jugaba fútbol con gran habilidad y nunca dejaron de admirar a quien bailaba el trompo sosteniéndolo con los pies, con más habilidad que cualquiera que lo hiciera con las manos. Ya era común ver a Melitón trotar por las principales avenidas y observar a un hombre que sin brazos conducía un vehículo, claro, con una adaptación especial.Con los hijos adultos, siete nietos y con abundante tiempo libre a partir de 1991, Melitón Rodríguez retomó el contacto con la “Sociedad Internacional de Pintores de Boca y Pie”.En la parte posterior de su vivienda instaló el taller. En el lugar, rodeado de caballetes, lienzos y acuarelas, dedica seis horas diarias para cumplir con los pedidos que desde Europa le hacen.El tiene con la Sociedad de pintores de ayuda a los discapacitados el compromiso de enviarles un cuadro mensual, aunque no sigue este método, sino cada año y medio embala 15 ó 18 de sus pinturas. Por su trabajo recibe a cambio una mensualidad.Desde el año 91 ha enviado unos 160 cuadros. Esos siguen siendo de él, la organización sólo los reproduce para almanaques y tarjetas. Cuando por su cuenta vende un cuadro hace firmar al comprador un acta donde consta que la obra no se puede reproducir; los derechos son de la sociedad internacional.No se ha quedado Melitón, y con él su esposa, sólo con sus experiencias. Cuando saben de alguna persona en la región que por accidente se ha quedado discapacitada, acuden a hablarle y a interesarlos a incentivar un arte y si es el de la pintura, lo ayudan a ingresar a la sociedad que tanto los ha incentivado. También ha puesto en práctica sus aprendizajes de la plástica en una escuela para niños que hace tiempo fundó, aunque hoy en día ya no la dirige.Quién más que Melitón para dar enseñanzas de pintura y, sobre todo, de autoestima.Quizás el pintor más universal tachirense -o quien más ha expuesto sus obras en Europa- es Melitón Rodríguez. A los 59 años, es uno de los cuatro tachirenses que forman parte de la “Asociación Internacional de Pintores de Boca y Pie”, con sede en Suiza.El representa un número vital en las cifras de las Organización Mundial de la Salud, que estima en 500 millones de personas en el mundo, es decir el 10 por ciento de la población, con algún tipo de discapacidad.Melitón, discapacitado desde su nacimiento, nunca supo lo que es tener y usar los brazos, y es un ejemplo de que las barreras, incluso físicas, se pueden vencer.No le hicieron falta sus miembros superiores para aprender. No le hicieron falta sus brazos, para trabajar y dibujar. No le hicieron falta sus brazos para enamorarse y tener hijos. No le han hecho falta los brazos a Melitón para vivir. (Fuente: Diario La Nación. Autora: Omaira Labrador.)
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